Con la información recabada hasta el momento, el equipo
de policía que llevaba el caso se devanaba el seso para sacar
algo en claro. El círculo de sospechosos se iba reduciendo y
todo parecía apuntar al grupo de jardinería, y dentro de éste
el principal sospecho era, por supuesto, el Hermano Tomás.
Éste, además de coordinar el grupo con el ahora fallecido, era
relacionado sentimentalmente con él. Asimismo, por lo que
reveló la autopsia, el cadáver mostraba signos de violación,
con serios desgarros en la zona anal, manifestación clara de
tendencia homosexual. El resto de las marcas, incluido un
extraño estigma aún sin justificación, eran un misterio.
Así pues, haciéndose de manera improvisada con una de las
estancias del Monasterio, convocaron al Hermano Tomás para
un interrogatorio. Éste apareció tembloroso y asustado, y nada
más comenzar las preguntas ya le anunciaron que era el principal
sospechoso. Pretendían que se derrumbara psicológicamente, y
lo consiguieron de lleno. Confesó su amor por él, su pasión
oculta durante tanto tiempo, sus sueños pecaminosos y su
deseo diario de visionarlo para deleite de sus ojos. Pero siempre,
siempre, negando el haber cometido el crimen. Él nunca
le haría daño—decía—jamás le haría arrancar una lágrima
de sufrimiento a su amado. El Hermano Rubén era su amor
platónico, el fruto prohibido deseado y jamás tocada su flor.
Sus límites se hallaban en una mirada lasciva, una sonrisa
pícara, unas manos entrelazadas y unos roces pueriles. Jamás
hubo más, nunca, aunque sí con el pensamiento. Con su mente
él lo desnudaba una y otra vez. Imaginaba sus cuerpos fundidos
y sudorosos. Una irrefrenable pasión sucia y baja comiéndoselo
y bebiéndoselo entero, recorriendo cada centímetro de su
cuerpo con la lengua cual brújula deseosa de encontrar nuevos
lugares, y seguir señalando nuevos horizontes no conquistados.
El Hermano Tomás confesaba también sus largas noches
masturbándose con la idea de su amado y las veladas de castigo
penitente por sus siempre pensamientos pecadores hacia el
Hermano Rubén. Así era su relación con la víctima, ni más ni
menos.
La policía nuevamente parecía encontrar trabas en la
investigación. Lo sencillo se volvía complicado. El principal
sospechoso juraba y perjuraba que él jamás le puso la mano
encima a la víctima. Jamás lo tocó, y por supuesto, no lo mató.
Alguien parecía querer aprovechar la circunstancia de esa
relación para cargarle el muerto (valga la expresión) al Hermano
Tomás, aunque podía ser también solo un cuento chino lo que
contaba y que mintiera con gran sangre fría.
Independientemente del instinto del Inspector Torres, que no
dejaba de pensar que en todo este asunto había gato encerrado,
una cosa estaba clara y es que esto era lo que tenían por el
momento y sobre esto se tenían que basar.
Hasta ahora mismo, analizando a cada uno de los personajes,
y teniendo en cuenta al Hermano Tomás en cuestión, la
investigación determinaba que el móvil del crimen podría
haber sido un ataque de celos. Tenía bastante lógica mirándolo
fríamente. El Hermano Tomás, que tenía esa relación,
correspondida o no, con el Hermano Rubén, de pronto la ve
peligrar con la intromisión de la Hermana Jacqueline dentro
del círculo de ellos. La víctima, a quien parecía agradarle la
compañía de la Hermana, comenzó a compartir su tiempo con
ella dejando de lado al Hermano Tomás. Éste, colérico, para no
compartirlo con nadie, decide quitarle la vida a su amado. O era
de él o no era de nadie. Pero, ¿no hubiera sido más lógico quitar
de en medio a su verdadera enemiga, la Hermana Jacqueline
y no al Hermano Rubén? ¿Habría sido ésta la primera vez
en coqueterías del Hermano Rubén o ya estaba cansado el
Hermano Tomás de sus vanidades?
La posible resolución del dilema estaba provocando un sinfín
de preguntas sin respuesta por lo que a la investigación se
unió la Subinspectora Pons, especialista en salud mental que
colaboraba con los diferentes cuerpos de policía del país, allí
donde se la reclamara.
En cuanto llegó la pusieron en antecedentes de la investigación
y comenzó a estudiar las declaraciones recabadas por el equipo
policial. Realizó el perfil de cada uno de los implicados y propuso
un nuevo interrogatorio, esta vez a la Hermana Jacqueline.
De ésta, según los informes que le habían pasado, sólo había
anotaciones sueltas que vagamente llevaban a algún lado.
Según la Subinspectora Pons, esta persona estaba directamente
relacionada con el círculo de la víctima, y así pues, para poder
contestar a algunos enigmas surgidos a raíz del asesinato, era
imprescindible volver a hablar con ella.
Esto ya estaba previsto en los planes del Inspector Torres y
se alegraba de que ella participara en los mismos, aunque no
tanto el Hermano Francisco, que comenzó a alarmarse con las
nuevas convocatorias. Tanto es así que le consultó a la policía
directamente si es que estaban acusados de algo. La negativa de
la policía fue clara, no estaban acusados pero sí eran sospechosos
de asesinato.
Ante esta afirmación, el Hermano Francisco asintiendo con la
cabeza, se marchó a su despacho cerrando las puertas del mismo
tras de sí. Los acontecimientos le sobrepasaban, y necesitaba
comunicar a sus superiores lo que estaba sucediendo. Lo que
en un principio parecía ser un fallecimiento sin más, se estaba
complicando con la confirmación de la investigación de un
asesinato. Un asesinato que involucraba a tres Órdenes de la
Santa Madre Iglesia.
En veinticuatro horas, tras la gestión del Hermano, un
despacho de abogados, los más prestigiosos del país según
le dijeron, estaban a las órdenes del Hermano Francisco y
del resto de los implicados en el incidente. El señor Morris,
que actuaba como abogado principal, se desplazó hasta el
Monasterio. Allí mantuvo una breve reunión con el Hermano
Francisco, y juntos se desplazaron hasta las oficinas centrales
de la policía para formalizar las presentaciones entre ambas
partes. En esas instancias se le informó de la situación en
que se encontraban. Desde ese momento, los siguientes
interrogatorios fueron siempre en su presencia, siendo el
primero de éstos el de la Hermana Jacqueline que se llevaría
a cabo esa misma tarde. Para entonces, el Sr. Morris ya
tendría en orden toda la información recabada en las últimas
horas.
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