Cabelleras
Las cabelleras afro obstruyen la vista en el cine. Se tragan el
sonido “Dolby Surround”. Generan la envida y discordia entre los
calvos. Son un cómodo nido de avestruces. Son un grave riesgo
en las pizzerías o en el fogón de pollos rostizados. Las cabelleras
afro usan repelentes contra incendios. A diferencia de los calvos
con amplias pistas de aterrizaje, las cabelleras afro son plantas
rodadoras del oeste. Se exhiben en un romántico peine de color
verde metálico fosforescente. Salen a la discoteca con zapatos de
plataforma. Dan toques eléctricos. Las cabelleras afro se rehúsan
a salir con calvos. Usan pantalones acampanados. Las cabelleras
afro discriminan.
Sin Tornillo
Hay tornillos que se botan por negligencia, abuso y culpa
propia. Estos se van desgastando víctimas del horror hasta que
se aflojan o revientan dejando un caos. Los tornillos se barren
por la costumbre de ver telenovelas vacuas y perder el tiempo. La
gente necesita sus tornillos calibrados. Los tornillos bien puestos
son precisos. Los tornillos ejemplares difícilmente sueltan sus
rondanas. Con los años los tornillos mueren oxidados y olvidados,
pero firmes aferrados a los muros. Los tornillos siempre vencen, no
desisten. El desarmador es su enfermero de cabecera; y el marro,
recurso de emergencia para casos imposibles. Una vez perdidos,
no hay remedio. Hay gente que, lamentablemente, ya viene sin
tornillo desde fábrica, o con rosca cruzada entre hilos; y en esos
casos, no hay mucho que se pueda hacer por ellos.
La Cola
La cola es un genuino experimento de equilibrio para mitigar la
ineficiencia y el desorden. Aparece principalmente en los hospitales
y oficinas de gobierno, o en las calles de la ciudad entre puestos de
dulces, periódicos, carnicerías, tortillerías, supermercados y carritos
de perros calientes. La cola se extiende interminable a través
de la ciudad entre calles secretas y montañas; crece entre nudos
Gordianos y giros imprevistos agregándose a otras. Se forma de
eslabones perpetuos que atrapan a todos.
La cola se vuelve divertida en los parques de diversiones y
las playas. Es un fenómeno elusivo de blusas pasteles, blancas,
camisas almidonadas y playeras; trajes de gala cuando se tramitan
licencias matrimoniales tardías. La integran pugilistas, fotógrafos,
gimnastas, periodistas, futbolistas, roqueros, luchadores, alpinistas,
amas de casa, escritores y gente común y corriente. Hay estilistas
y peluqueros que comienzan sus escuelas de belleza con los
que integran la misma cola. Hay grandes empresas que se han
originado en la espera y modelos que ahí comenzaron sus carreras
artísticas; también hospitales y prósperas funerarias. No se diga
circos y conciertos de rock que, aprovechando el público presente,
emprenden sus negocios. En la cola hay perros chihuahuenses e
hipopótamos formados en la línea al lado de sus dueños como en
el circo; no hay cocodrilos ni leones, para evitar alguna tragedia.
La cola parodia al burócrata inepto. Se usó como recurso en
la revolución mexicana para fusilar a los pelones y en Francia, en
el camino a la guillotina. Pero, es también una trampa fatal para
aquellos que, llegando por fin a la ventanilla de servicio al cliente,
olvidan el propósito por el cual se agregaron a ella. La tortura es
el merecido castigo para aquéllos que se cuelan en la cola, o para
los coleros quienes hacen cola por otros para beneficio propio sin
respetar el derecho de los demás; o para aquéllos que muestran
desdén por este guiño burocrático.
La cola favorece el comenzar un romance con alguna chica
o chico despistado en alguna cámara secreta, unificar un pueblo;
y así, asegurar la supervivencia de la especie humana. Ha habido
intentos irresponsables por abolirla o desacreditarla, asignándole
números a los afectados o fijando citas por teléfono con los
mismos, pero todos estos intentos han fracasado. La cola será
siempre imprescindible mientras haya imperfecciones humanas y
funcionarios públicos que pierdan el tiempo planeando vacaciones
o conciliando su chequera bancaria en su trabajo. La cola es un
patrimonio perpetuo y herencia nacional. La cola es inevitable.
El Inodoro
El inodoro irrumpe en protesta. Se estremece de llanto. No
acepta su terrible destino. Solloza. Traga de todo. Anticipa saldar
cualquier cuenta pendiente. No se da por vencido. Sufre acoso
moral. Le resulta absurdo contemplar el suicidio. No se acobarda.
Sigue de pie resoluto.
Sobre Prendas
de Vestir
La minifalda es veraniega. No necesita aire acondicionado.
Es económica por su poca tela. La minifalda es anti-túnica; en el
invierno, le da resfriado.
NINGUNAS NUBES
En fin,
que otros escriban mis versos.
¿Qué puedo decir que no se haya dicho?
Ahí la azucena,
Ahí los jazmines,
Ahí el rocío de tus labios,
Ahí la luna quemando la noche,
Ahí la noche dolida,
Ahí tiritan azules los astros.
¿Qué puedo decir que no se haya dicho?
Ahí vienes ya arrepentida,
ya bajas tú tu mirada.
Prefiero el exilio,
Vivir tus mentiras no puedo.
Nada, tendré que dormir en Fenicia;
aprender yo el Fenicio.
Tirar tus cenizas al mar, de una vez.
Ningunas nubes nublarán ningunas estrellas,
Gonzalo Rojas lo dijo.
Alabado sea su nombre esta noche.
NOVIEMBRE
Por Marieanne Paniagua
Noviembre es un vaivén de hojas.
De repente, se torna un poco frío.
Me pongo un suéter; corro.
Me da mucho calor;
Me quito el suéter.
Noviembre es un vaivén de hojas.
Siento la fresca brisa sobre mi rostro.
Me siento sobre una banca.
El viento pausa; corro.
Noviembre es revolotear de hojas.
Hace frío, mucho frío para mí.
Es tiempo de volver a casa.
Camino; las hojas caen
sobre un suelo helado.
Se visten, cafés,
amarillos y rojos, los caminos de otoño.
Llego a casa; entro.
Hay calor adentro.
Papá está allí esperándome.
Tomo una cobija;
me arropo en ella.
Miro hacia afuera
tras el cristal de mi ventana,
Ha llegado el invierno.
Sus colores
se ven por todos lados.
Noviembre es revolotear de hojas.