Se miró al espejo mientras se ponía crema reafirmante en el
rostro, sus pómulos eran más notorios ahora, las mejillas acusaban
la suave sombra de su delgadez… Miró a todas las mujeres, a todas
las Maricarmen que había sido en su vida; desde aquella maravillosa
experiencia a sus escasos trece años cuando Juan su vecino, cuatro
años mayor que ella y por ende sumamente atractivo, la llevó a aquél
cafetín musical en Polanco donde él tocaría con su grupo.
Recordaba aquel delicioso beso sorpresivo cuando bajó de la tarima
y la invitó a subirse a cantar. Juan se esmeraba en convencerla de que
tenía una voz privilegiada y sus ojos brillaban cada vez que le susurraba
aquel “eres encantadora” al oído. Todo cambió en breve cuando su
padre decidió que todos irían a vivir con él a Cuernavaca debido al
nuevo empleo que le ofrecían. Cuernavaca, donde todo pasaba más
que lentamente…Se miró un año después, jovial y rozagante, cuando tras regresar
a la Ciudad de México y habiendo ingresado al Colegio Madrid ella se
sentía, como le decía su madre, el perejil de todas las salsas. Organizaba
y desorganizaba a medio colegio. Era muy popular y se sentía llena de
vida, activa, lúcida. La absorbían todo tipo de actividades, organizaba
eventos, promovía conferencias de los padres de familia. Siempre
la habían fascinado las anécdotas, las experiencias y el concepto de
vida en el destierro, tan vívido y frecuente en los hijos de ese exilio
español que habían hecho su vida en este país del que ahora formaban
parte. Toda la comunidad de la escuela se lo celebraba y ella se sentía
realizada a sus escasos catorce años.
Se vio a sí misma cuando participaba en el movimiento estudiantil del
sesenta y ocho, una mocosa de escasos catorce años, llena de nervios
y bríos, siempre con mil cosas por hacer. Las confrontaciones que eso
le generaba con sus hermanas y su madre. Procuraba asistir con sus
amigas Ángeles y Cristina a decenas de reuniones en la universidad,
estar informada en detalle de lo que sucedía. Su mundo de actividades
le parecía algo tan vital. Buscaba hacerse presente y de alguna manera
sobresalir en los mítines a los que asistía eludiendo los miedos de
su madre y la crítica ácida de sus dos hermanas mayores Violeta y
Araceli que legítimamente se preocupaban por su seguridad y hacían
lo posible por evitar que se escapase de casa para ir a las reuniones,
manifestaciones y mítines con sus amigos de la preparatoria.
Recordó el encierro al que su madre la obligó aquel día triste en el
que murió Cristina en Tlatelolco, muerte tan inútil. Ese suceso la marcó
profundamente, se sintió por largo tiempo confundida, insegura.
Descuidó los estudios y tuvo que repetir ese año escolar. Perdió el brío
que la había caracterizado antes, se sentía incómoda y fuera de lugar
con los compañeros de esa generación de alumnos que arribaba a su
último año escolar. A ello se aunaba el que Arturo, su compañero y
novio durante un breve lapso ese año anterior, se alejaba de ella con
el pretexto de tener una carga de estudios y trabajos por hacer en la
Facultad de Arquitectura a la que acababa de ingresar. Arturo había
sido el primero que le había dado aquel brillo tan especial a sus ojos
pardos.
En aquellos años apenas se esforzó para pasar el año escolar, pero
prevalecía en ella esa sensación de confusión, sin una mira nítida del
futuro que ella hubiese querido. Cierto que tenía gusto por materias
que implicaban un sentido de la lógica pero distaba de saber si eso la podía guiar en lo que realmente deseaba para desarrollarse
profesionalmente, de hecho sentía que había desaparecido su
autoestima y evitaba asistir a fiestas.
Se distanció incluso de sus compañeros del año anterior en la
escuela los que apenas meses después, en el par de reuniones de ex
alumnos a las que llegó a ir con ellos, apenas le dirigían la palabra y
los temas versaban sobre los nuevos amigos y ambientes que habían
encontrado en las universidades a las que habían ingresado, o los viajes
que varios habían aprovechado a realizar en los meses que tenían de
vacaciones antes de entrar a alguna universidad. Ella aún no salía de
la preparatoria.
Se miró como la Maricarmen universitaria, estudiante de ciencia
política y asimilada de nuevo a las reuniones estudiantiles. Activa
de nuevo, sintiéndose dueña de sí, con ese brillo que recordaba en
sus ojos y la aún tersura de su piel. Las huelgas de los sindicatos de
la universidad, la creación del movimiento de estudiantes por el
socialismo, donde había conocido gente que la deslumbraba por su
lucidez.
Los cambios durante su posgrado, esas primeras arrugas gracias
a su gesto amplio al sonreír, o en la frente por su forma de acusar la
duda o la ira… La sensación de independencia, aislada del mundo
en su departamento propio; marcada por aquellos entusiasmos
sentimentales que devinieron en tristezas por su tozudez en
mantenerse independiente. En aquel entonces comenzó a descifrar su
propio rostro, la mirada de hoja de maple y las repentinas chispas en
aquellos ojos. Ahora les veía hondos y discretos, llenos de secretos y
las chispas habían desaparecido. También su cabello había perdido su
belleza con los años, después de las vanidades de que las que le había
proveído en su adolescencia.
Recordó su rostro tantas veces cambiante frente al espejo durante
aquella estancia de casi un año en Holanda, donde usaba todo tipo
de cremas que estaban al alcance de su bolsillo. Aquella relación tan
conflictiva pero tan intensa con Juan Pedro, con discusiones a diario por
preservar sus inquietudes y sus manías, sus expectativas de equidad y
dignidad. Hasta que él se sintió con la carga de recobrar su libertad
aceptando un puesto en Alemania, yéndose a vivir a otro lugar, con
otra mujer.
Tantas cosas rotas por haber luchado y gritado sin ambages y de
frente su opinión en cada una de esas relaciones eventuales o que apenas nacían. ¿Debió acaso ceder, poner más de sí, ser menos ella, perder
identidad y ser más una pareja para las exigencias de algún hombre?
Ahora, al abrigo de haber aprendido a disfrutar en mucho su soledad,
de hacerla una amiga frecuente y casi constante, esas arrugas que no
alcanzaba a desvanecer, esos marcados gestos, tan personales, le
dejaban ver los años acumulados.
Miró el reloj sobre la mesilla del baño, apenas tenía tiempo para
vestirse con rapidez y llegar al instituto.