En una fría madrugada, nació, pero su natalicio no fue común, nació vivo, si, pero muerto, tenía sus signos vitales bien, respiraba, su corazón latía, pero no respondía ante la realidad, no hablaba, ni se movía, ni siquiera abría sus ojos, sin embargo, estaba vivo, estaba en el reino Tarambana . . .
Le decían “Pecas”. Era un chico delgadito, de cabello lacio oscuro, boca grande y nariz afilada. Como todo niño de su edad, tenía una gran imaginación, era capaz de crear batallas épicas entre seres súper dotados y con poderes inimaginables, a partir de pequeños trozos de madera y desperdicios, sin embargo, no era nada del otro mundo, sin duda no tenía un coeficiente intelectual sobresaliente y tampoco era el más guapo, fácilmente entraba en el círculo de los niños promedio.
Tenía una mirada que hablaba por sí misma, con solo ver sus ojos se podía, sin duda, leer su corazón, transmitía mucho a través de esos ojos marrones, los que hacían evidente su profundo vacío, rodeado de gente pero solo, sano pero con dolor, sin rumbo, como un barco sin timón, viviendo pero sin vida.
Era parte de una familia, si a eso se le puede llamar familia, de muy escasos recursos, tan escasos que podríamos decir que eran casi indigentes, motivo por el cual “Pecas” era explotado. Todas las noches el chico era mandado a pedir limosna fuera de las cantinas y antros de mala muerte aparentando tener una grave enfermedad, en ocasiones, cuando veía la oportunidad, le robaba sus billeteras a los transeúntes e incluso llegaba a meterse a las casas solas para robar, pues por su tamaño y talla era muy fácil que “Pecas” se introdujera a los domicilios por pequeñas ventanas y recovecos para después salir con los bolsillos llenos de alhajas, dinero o pequeños objetos que aparentaban ser valiosos.
A pesar de esto, Pecas tenía una leve desnutrición, sus ropas, si a eso se le puede llamar ropa, eran harapos viejos y desgarrados, pues cada centavo de los botines que lograba recabar tenía que ser entregado a don Fer, quien usaban los recursos para sus deleites personales olvidando por completo al niño.
El padre, si a eso se le puede llamar padre, en realidad era su padrastro, se llamaba Fernando, todos lo llamaban “don Fer” era un hombre alto, corpulento, por no decir gordo, semicalvo, tenía una nariz grande, pero no tanto como su abundante bigote negro, en su gran barriga había un tatuaje de una calavera, en el que se alcanzaba a leer “malo hasta los huesos”.
Era un gran mentiroso, hacía pensar a las personas que era adinerado,
feliz, lleno de paz y sin problemas, cuando la realidad es que era un hombre amargado y violento, no tenía misericordia de nadie, de hecho, el castigo a los de casa era implacable. En más de una ocasión golpeó a “Pecas” al grado de mandarlo al hospital, una y otra vez le ha hecho promesas de amor y lo único que recibe son burlas y acusaciones tales como “tú eres el único culpable de lo que sucede” o “Eres un inútil, no sirves para nada”; Palabras que han dejado una profunda cicatriz en el niño y le han hecho creer que eso es él.