inmortales?, ¿compraré un pequeño avión para trasladarme de una
ciudad a otra lo más pronto posible?, ¿mis hijos estarán esperando
algo más de mí?, ¿mi esposa podrá realmente sobrevivir después
de mi muerte?…
Para dar cumplimiento a la cita, Tomás y Aquiles se apresuraron
a desplazarse hacia Los Vientos y se hospedaron en un pequeño
hotel en las afueras del condominio donde se encontraba la casa
de su jefe. A diferencia de la mayoría de centros vacacionales del
Caribe, adonde acuden los ricos de la zona y muchos extranjeros, a
la ciudad de Los Vientos iba mucho turismo local, es decir del país
y sus alrededores. La ciudad de Los Vientos, en lugar de haberse
dejado aplastar por las exigencias del turismo internacional, había
luchado por desarrollarse y ofrecía una escala de servicios para
todos los públicos. Había instalaciones tanto para las clases más
populares, como para las medias y altas de la región. Los negocios
para los habitantes de la ciudad marchaban viento en popa y
continua y desordenadamente se construían nuevas instalaciones
turísticas a sus alrededores.
Esa noche, la víspera de la entrevista con Rosales, Aquiles y
Tomás salieron a dar una vuelta por la ciudad y lo que Aquiles
observó le causó un poco de conmoción; pues se dio cuenta de
que prácticamente todos los turistas eran seres invadidos y se
comportaban como si estuvieran totalmente poseído por las
extrañas criaturas.
La mayoría de centros vacacionales en el Caribe están rodeados
por un cordón de miseria, sumisión y enfermedad, y aunque
se encuentran protegidos y rodeados por fuertes medidas de
seguridad, algunas mujeres desesperadas y muchos niños esperan
la menor oportunidad para poder asediar un turista y jalarle algunas
monedas a cambio de casi cualquier cosa: droga, canciones e
incluso los cuerpos de sus hijas y hermanas.
En Los Vientos la gente del pueblo y los visitantes se mezclan en
las calles y en las fiestas con una actitud natural. No se ven turistas
estúpidos filmando la miseria de los alrededores, para después
lavar su conciencia publicando los videos en las redes; no hay
damas torpes y aburridas filmando la estupenda cocina callejera,
tratando de figurar como reconocedoras de los valores locales y
exponiendo en un gesto de terrible falta de respeto, orgullo y
dignidad, la miseria de la pobre gente que cocina en las calles, o
que hace artesanías bobas y simplistas en los andenes; porque no
tienen donde más hacerlo, y porque mantienen la esperanza de no
morirse de hambre. No, Los Vientos es una ciudad particular. Es
una ciudad triunfadora que vive de los triunfadores.
Los Vientos vive de aquellos de avanzada; de los que han sido
premiados con un descanso periódico en instalaciones como las que
allí se ofrecen. La inmensa mayoría de sus visitantes son trabajadores
que, por lo menos durante el descanso, tratan desesperadamente
de alejarse de los valores de su clase y posar como verdaderos
triunfadores; sus camisetas, su andar, sus peinados, sus ademanes
ficticios, sus hijos rígidos, sus esposas deformes y sus atuendos a
lo artista de cine o cantante… constituyen un estupendo mercado
para los pequeños comerciantes de la alegre ciudad.
Caminan un poco absortos en mantener el estilo que han seleccionado
para usar durante sus vacaciones. Gastan generosamente y se
abstienen de usar el lenguaje que usan todos los días en el trabajo.
Este es un ascenso de clase forzado y temporal. Este es el grupo de
trabajadores que paga impuestos, obedece órdenes y mantiene las
estructuras empresariales de arriba a abajo; prepara a sus hijos para
que en el futuro también las alimente; y se siente seguro y confiado
en obtener una buena clínica al momento de su muerte.
Desafortunadamente, este también es un grupo de muy poca
trascendencia y visión histórica. Ellos simplemente siguen el libreto trazado por el país virtual que cotidianamente proyectan
los medios, así como la promesa de triunfo que ofrece una sociedad
enferma y descompuesta.
Aquiles notó con sorpresa que las tomas que realizaban las criaturas
en los turistas, se hacía incluso hasta varias veces por hora; éstas
entraban, se incrustaban en la mente de los seres, y casi con la misma
facilidad salían veinte o treinta minutos después. Pareciera como
si, para las entidades electrónicas invasoras, este campo de seres
adormecidos y ficticios fuera parte de su hábitat natural; entraban,
lograban algunos comportamientos, y luego salían de las mentes
con igual naturalidad. Esto alteró y preocupó a Aquiles, pues
significaba que se podía llegar a un punto en el cual ya ni siquiera
se necesitara de condiciones especiales para que se diera una
invasión. Ya no se trataba de que se realizaran invasiones forzadas
y duraderas cuando algo especial sucediera, ahora parecía que nos
aproximábamos a una situación donde las criaturas entraban y
salían a voluntad de las mentes de las personas que ellas mismas
escogían. En pocas palabras, los humanos se asemejaban cada
vez más a su campo de sembrado, eran su cosecha, su alimento,
su terreno de juego, su colmena… El dominio de las criaturas era
cada vez más absoluto.
Aquella noche Aquiles se sintió muy preocupado mientras caminaba
por las calles de la bulliciosa ciudad de Los Vientos. La mayoría de
los peatones estaban adormecidos ya por el alcohol; las discotecas
lanzaban a las calles su música ruidosa y estridente; los gritos y las
risas estúpidas y forzadas acababan de contaminar la atmósfera;
algunas chicas lugareñas ligeras de ropa se apresuraban a buscar
turistas para ofrecerles sus servicios; algunos ladrones seguían
alerta a los más ebrios; los comerciantes y taberneros ofrecían sus
productos con una amplia sonrisa o invitaban a los aletargados
pasantes a visitar los establecimientos; los turistas plasmaban
una desabrida mueca de triunfo en sus rostros y se desplazaban apresuradamente de un sitio a otro tratando de incrementar el
valor de lo que estaban gastando.
Las criaturas entraban y salían con fluidez saltando de mente en
mente, como si a la vez estuvieran celebrando un villorrio turístico
ofrecido por los espacios mentales de cada ser. Tal vez estas personas
triunfadoras se parecieran tanto entre sí que a las criaturas ya no les
importara en cuál de ellos se encontrara; todos eran casi igual de
satisfactorios para los invasores; cualquiera de ellos ofrecía un flujo
similar de sensaciones y de cadenas de pensamientos; ninguno
poseía ya un mecanismo para oponerse a su influencia.
Aquiles se sentía como un mesías confundido en medio de la
multitud. Tomás, a su lado, afortunadamente no decía nada; desde
que se había enamorado de Paola su cabeza se mantenía llena de
las imágenes y las sensaciones de las experiencias compartidas con
su amada; mientras supiera que en un futuro cercano iba a estar
cerca de su amada, no le importaba en absoluto la gente o lo que
sucediera a su alrededor…
Tomás y Aquiles caminaban hombro a hombro por las agitadas
calles de Los Vientos. Sus cuerpos estaban juntos pero sus mentes
estaban proyectando mundos totalmente diferentes. Cada uno
era un solitario al interior del mundo de sus pensamientos. En
ese instante, varias dimensiones confluían y se entrecruzaban; los
invasores, el mundo de Tomás, el de Aquiles, el de cada turista, el
de Los Vientos… millones de mundos se encontraban y confluían
en un mismo punto, en un solo instante, para que la vida se mirara
a sí misma desde millones de ángulos diferentes.
Aquiles se asustó… ¿Es que acaso se acerca el fin de la raza
humana? Si esto es con los triunfadores, ¿qué será de la inmensa
mayoría de personas que ahora mismo, llenas de hambre y de
desesperanza, están pensando en robar o asesinar para sobrevivir, destruyéndose internamente con el pensamiento de tener que
hacerlo y de no querer hacerlo?