Juan Vicente en ese entonces era un pueblo donde no se sabía a ciencia cierta dónde terminaba la realidad, y dónde comenzaba lo fantástico. Sus habitantes vivían aferrados a sus rudimentarios recursos de antaño, y flotaban en un limbo donde la más insignificante novedad venía a ser materia de asombro. Aquel mundo perdido contaba con no más de cincuenta casas construidas a base de tablones de palma que hacían de pared, y ramas de yagua que le servían de techumbre. El caserío desde su inicio había sido emplazado por los fundadores del pueblo en un sitio donde muy bien se aprovechaban las frescas brisas de un mar esmeralda. Sus alrededores colindaban con montañas minadas de palmas reales, y con valles en donde de manera incontenible proliferaban las frutas que endulzaban el aire con sus olores exóticos. Allí los soles de agosto elaboraban lánguidos atardeceres que derramaban sus ocres sobre inquietos riachuelos donde retozaban niños encuerados. Un lugar donde el tiempo transcurría de manera singular, ya que una falla en el tiempo provocaba que a diario sucediesen eventos y apareciesen objetos que venían de otras épocas. También lo obvio venía a ser puesto en tela de juicio, ya que allí el equilibrio de la realidad y la percepción de las cosas se veían a menudo afectados por la estrecha convivencia de los hombres con un entorno plagado de hechizo y de fascinación.
En tiempos de calor las mariposas quedaban suspendidas en el sopor de aquellos agostos memorables en los que el eco de las palabras se achicharraba en el aire de las cuatro de la tarde. Días en que las pulgas tenían que saltar de los perros y beneficiarse en el frescor de su orín para no perecer para siempre en aquel horno desesperante en que se venía a convertir la isla.
A pesar de que a primera vista Juan Vicente parecía ser un lugar común y corriente, lo cierto es que allí las casualidades no estaban regidas por el acaecimiento de eventos fortuitos, sino más bien por una concertada manipulación de fuerzas mágicas que se escondían lo mismo en los cascarones de coco donde se adivinaba el porvenir, que en las frías entrañas de una piedra de río donde habitaba el espíritu de alguna deidad, o en cada lugar donde pudiese habitar al menos un rescoldo de ingenuidad o desafío.
En medio de un universo prenatal fue donde Bonifacio y Filomena, su esposa, habían traído al mundo y criado a sus tres hijos. Maximiliano, el mayor; Rosario, que era la segunda; y Socorrito, el menor de los tres. Los hicieron crecer alimentándolos con el pan suyo de cada día que brotaba de la tierra en forma de suculentos repollos, viandas enormes, o jugosas frutas que goteaban de los árboles para abonar la tierra de génesis que a todos vio nacer y crecer, y en donde a fuerza de necesidad la vida les había ido enseñando a enfrentar las adversidades que se atravesaban en sus cálculos para dejarlos convalecidos de furiosos ciclones, sequías polvorientas, o de torrenciales aguaceros que dejaban sus casas y sus esperanzas sumergidas en el triste lodazal de sus desventuras.
En el apogeo de las carencias y con el poder de la imaginación, se fueron inventando peripecias de supervivencia al galope de los percances, y de esta manera se había ido nutriendo de generación en generación toda una herencia rica en remedios caseros contra cualquier clase enfermedades, conjuros para desvirtuar todo tipo de maleficios, y un sinfín de raras técnicas y procedimientos que se empleaban como recurso de solución para problemas de cualquier naturaleza.