-Capítulo 4-
Marie Faugère, había arribado a la Ciudad de México procedente de
París. No era esta la primera vez que visitaba la ciudad. Directora del
departamento de Estudios de las Culturas del Mundo, en la Universidad
de Toulouse, Francia, investigaba los aspectos formativos y étnicos de
las civilizaciones ancestrales, entre ellas las indígenas de México y en
especial, sus danzas aborígenes. Tenía la intención de indagar acerca de
sus atuendos, así como los significados de sus bailes que de acuerdo a
sus informaciones sabía se transmitían de generación en generación en
forma presencial. Había un aspecto de ellos que le intrigaba: el físico.
¿Qué hacían para bailar hasta veinticuatro horas seguidas sin cansarse?
No encontraba una respuesta lógica. Para ello había planeado convivir
con los concheros que danzaban a un lado de la plaza de la Constitución.
El día se veía más complicado, ya que la plazoleta se estaba abarrotando
de gente que venía al mitin.
Alta y desgarbada, caminaba muy lento, incluso parecía como si lo
hiciera con torpeza. De cabello color café, medio rizado, usaba unos
anteojos con cristales excesivamente gruesos, que hacían ver sus ojos
azules demasiado pequeños. Se había alojado en el Gran Hotel de la
Ciudad de México, ubicado en una esquina del Zócalo, y desde muy
temprano, decidió bajar a ver a los danzantes.
Preparada con una cámara Nikon, D3100, a la cual le había
integrado un objetivo Sigma telezoom para lograr una alta calidad
tanto en sus fotografías como en sus películas, se acercó hasta
donde ya bailaban. Se había formado un círculo grande de curiosos.
Encendió su cámara, visualizó la pantalla, apareció un mensaje: Aló,
Marie. Se colocó cerca para video filmar la danza. Los tambores
empezaron a retumbar rítmicamente. Quien conducía el bailable y
a quien todos los concheros se dirigían con respeto, don Matías,
llevaba un penacho de una combinación de colores muy llamativos,
anaranjado y azul eléctrico en la cresta, con plumas en tono violeta
y gris plomo, que representaba la cabeza de un águila. Director de
la “Tradición” desde hacía treinta años, no le pasó desapercibido el
interés que mostraba Marie en las maniobras que hacia su grupo.
Bailaban alrededor de una manta que tendieron en el piso, la cual
tenía bordada una imagen de la Virgen, encima de la misma había
algunas velas que a la directora del E.C.M. le parecieron tener
una colocación estratégica. Se incluía una ofrenda compuesta de
granos, flores y frutos. Todo englobaba una serie de significados muy
interesantes para Mademoiselle Faugère. Los fuertes músculos de
las piernas de los cerca de treinta y cinco personas entre hombres,
mujeres, jóvenes e incluso niños, que danzaban frenéticamente y
en total sincronía, creaban un sonido cadencioso y vigoroso con sus
tobillos, en ellos llevaban una especie de conchas llamadas ayoyotes,
que en contra-ritmo con los timbales creaban una armonía de sonido
y movimiento, que tenían a la investigadora de la Universidad de
Toulouse muy impactada. Tomaba fotografías de todos los integrantes
del bailable, ya que cada persona usaba un traje con símbolos y
colores diferentes por completo al de los demás.
Marie entendía bien el español, lo había aprendido cuando vivió
en Madrid en el campus de la Universidad Complutense, pero notaba
una marcada diferencia con la pronunciación mexicana, además de que
ciertos modismos, le costaba trabajo entenderlos.
Terminaron una serie de danzas cuando una persona del staff
de organización del candidato, que cargaba en la mano un radio de
comunicación, le hizo una señal a don Matías.
—Suficiente por el momento.