Alejandro era un joven de aproximadamente 35 años, ejecutivo de una importante Industria de la ciudad. Llevaba una vida profesional muy agitada, tanto que se sentía agobiado con tanto trabajo; el estrés lo estaba volviendo ansioso, comía mucho, por lo que presentaba principios de obesidad.
Su figura era su preocupación; la ansiedad lo atrapaba. Una mañana sonó su teléfono celular; era una amiga que lo invitaba a dar un paseo especial en un lugar cercano a la capital. Allí había un centro natural donde un médico homeópata ayudaba a sus pacientes a reducir de peso; con un programa especial realizaba maravillas, pero sobre todo ayudaba a entender el motivo de la ansiedad y trabajaba más con la sanación de las emociones que con el cuerpo.
En el consultorio del médico, Alejandro estaba muy nervioso; se sentía ridículo porque era el único hombre en ese lugar. De pronto se abrió la puerta del consultorio y salió una mujer negra que lo miró fijamente, como si ellos fueran amigos; le sonrió y le saludó con afecto; él quedó perplejo ante ese ser que le iluminaba la vida; sus ojos eran como dos perlas que le dejaron extasiada el alma. Cuando Alejandro quiso pararse de su silla, se sintió pesado, como una estatua sembrada, contemplando la figura despampanante de aquella mujer que lo había impactado.
“Alejandro… Alejandro…”, le llamaban para que siguiera a su cita, pero él permanecía embelesado con la mujer que no dejó de mirarle hasta que se fue perdiendo en la distancia; había surgido como un ángel en su Universo inhóspito, por lo menos así lo sentía él. Alejandro lo tenía todo, éxito económico y profesional, pero su alma estaba vacía; no se hallaba a sí mismo; estaba perdido en su propio mundo.
Al fin aterrizó desde sus pensamientos y se encaminó hacia la consulta; en verdad, no se sentía muy interesado en el programa que le fuera a formular el médico; todo en su vida se había tornado incongruente, quería algo pero no lo realizaba, se había convertido en una máquina sin mantenimiento, a punto de colapsar en cualquier momento, así que lo que le formuló no le impactó. Lo que allí sucedió no fue trascendente en su vida física, pero de lo que él no era consciente era que empezaba a recorrer un camino, a vivir un juego interior que lo zambulliría en el lodo y lo transformaría para siempre.
Ese viaje había sido para Alejandro muy gratificante; estaba sembrando para una nueva vida y aún no era consciente; más bien lo había hecho para acompañar a su amiga; él desconfiaba de todo y sabía que era más un paseo que un deseo para bajar de peso. El lunes ya estaba de nuevo inmerso en sus labores profesionales, en las que tenía muchos proyectos por ejecutar, que lo mantenían muy ansioso; pero recordó el programa que aquel mago de la medicina le había entregado por escrito. Empezó a leerlo para así iniciar algo que necesitaba, pero de lo que aún no era consciente en toda su dimensión; pero como todo lo que tenía que ver con él, lo aplazó; sería algo más para después; este tipo de decisiones era una constante en su vida.
Era un hombre de negocios que todo lo que emprendía tenía un final próspero; sus amistades se habían reducido, porque casi no disponía de tiempo y si aceptaba participar en alguna reunión informal, se aburría; así que poco a poco se fue quedando sin amigos.
Este era el panorama de la vida de Alejandro, un hombre exitoso que había convertido en una máquina de proyectos, pero al que la vida se le agotaba y hasta su carácter se había vuelto el de un ser agrio; ya ni siquiera llamaba a su familia, tampoco disponía de tiempo para el amor.
Una noche, al salir de su oficina aceleradamente, como siempre ocurría, tropezó con un gato que lo hizo caer; fastidiado por lo ocurrido, se paró a pelear con él mismo, ya que el gato había escapado; maldecía lo que acababa de ocurrirle; pero no advirtió que en la oscuridad de la esquina alguien lo miraba sonriente. Sintió que era observado y al fin pudo virar su vista hacia la esquina y se dio cuenta que la mujer que unos días atrás lo había impactado en el consultorio, era la dueña del gato; se le acercó y se presentó:
–Me llamo Alejandro. ¿Cuál es tu nombre?
–Milena.
Ella lo invitó a tomar un té, pero él amablemente se negó, se excusó en que no tenía tiempo, así que era mejor dejarlo para otro día, pero ella insistió y le dijo:
–Estás corriendo y agotando tu vida en cosas innecesarias. Piensa en ti, necesitas descansar la mente lógica y permitir que tu espíritu se renueve con otra conversación y en otro lugar que no sea el del trabajo; deja que se embriague tu vida de armonía y vitalidad. Te has enojado con el gato porque te hizo tropezar, ¿por qué no pensar que te ha salvado de algún contratiempo? Aprende a ser la causa de todo en tu vida y no permitas que todo influya en ti, creándote infelicidad. Aprende a realizar pequeños milagros en tu vida, decidiendo cambios sustanciales; cambia tu vida interior y así se transformará tu entorno. ¿Te has mirado en un espejo?, ¿por qué no sacas tiempo para deleitarte con el milagro que vive en ti? Solo ves esa parte física que crees es tu realidad. ¡Oh, y a propósito, estás perdiendo el interés hasta por tu cuerpo, donde habita la semilla de la verdadera felicidad!
Ya es hora de que permitas que la semilla que sembraron en ti germine hasta alcanzar las estrellas, no dejes que las circunstancias que te asedian te vuelvan harina, ni permitas estar en el plato de otros: florece, esa es tu misión en la vida; deja brillar tu ser como una estrella e ilumina el camino de otros, no seas egoísta.
Él, perplejo por todo lo que escuchaba, le preguntó:
–¿Quién es usted?, ¿por qué está al tanto de mi sentir y reaccionar?
Ella le contestó:
–Lo has dicho bien, te la pasas solo reaccionando y no haces nada por construir una mejor vida; oh, yo soy una vendedora de ilusiones, le confirmó.
Él, más confundido, le preguntó dónde vivía y ella muy cordialmente le contestó que a dos cuadras y aclaró que estaba por ahí porque había salido a pasear con su gato.
Él, desconcertado, le preguntó que por qué vendía ilusiones, y ella sonriente le respondió que trabajaba en una librería y que allí se construían vidas, porque las secciones que la componían eran solo para ayudar intelectualmente si la necesidad era expandir la mente; espiritualmente, si necesitaban alimentar el alma y ser más inteligentes; si la necesidad era sobre las percepciones y construir relaciones más armoniosas, tenían un departamento de sicología; en conclusión, tenían todo para cada ser humano.
A Alejandro le llamó la atención todo lo que esa mujer le hablaba y decidió tomarse el té con ella. Acompañados de la noche y el gato, caminaron hasta el lugar que ella le había indicado que conocía; era un café muy cerca de donde estaban y donde permitían entrar a los animales; ella se sentía muy bien en ese lugar. Milena y Alejandro se sentaron cómodamente uno frente al otro, se miraron y sonrieron; eran como dos amigos de antaño reencontrándose de nuevo, queriendo revivir los recuerdos de aquellos tiempos de travesuras; ella sacó un libro de su bolsa y se lo entregó; era de carátulas rojas y letras doradas; el título decía: Ser-Sentir-Crear: Las llaves del éxito.