PRAEFATIO
«El lector que comience estas páginas, no será el mismo cuando las concluya».
Incipit Scriptum
Un tórrido y resplandeciente rayo de sol que se colaba a través de la estrecha hendidura sobre la bóveda de la caverna le golpeó el rostro y la despertó. El clima de su improvisado albergue se sentía seductoramente cálido, el armonioso ruido de las olas del mar se escuchaba en eco rebotando suave sobre las paredes de piedra. Ya era de día y Nathpá no estaba segura de cuánto tiempo había dormido. Le dolía todo el cuerpo y empezaba a sentirse desmejorada a causa de la deshidratación. El haz de luz que se abría paso hacia la cueva la alumbraba por completo y reveló un suave manto de arena fina que cubría el piso y unas ásperas paredes que terminaban en una bóveda semicircular con una claraboya oblicua en el centro. La mujer, incorporándose con dificultad, se acercó a las paredes de la caverna para beber, con sorbos pequeños y apurados, el agua de lluvia que se había filtrado y había quedado atrapada en las oquedades del muro de roca. Medio atragantada, tosió profusamente por haber bebido de prisa. Al recobrar el aliento distinguió, al fondo de la gruta, un estrecho resquicio, como una garganta, que daba la impresión de ser un pasadizo hacia las profundidades de la montaña. La mujer, presa de la curiosidad, se acercó para mirarlo y notó que el angosto túnel se adentraba en la roca por unos cuantos metros; al fondo, distinguió un objeto peculiar de forma cuadrada. De rodillas y con los puños apoyados sobre la arena, se deslizó hacia el interior como lo haría un gato. Al llegar al objeto, extendió sus manos y, a tientas, logró sentir que se trataba de una especie de caja del tamaño de una maleta. Asiéndola por una manija, la arrastró hacia la galería principal. Una vez fuera de su escondite, el objeto resultó ser un cofre con unos hermosos herrajes labrados que encinchaban unos oscurecidos tablones. El óxido apelmazado en el metal y la madera roída indicaban que había permanecido oculto en aquel sitio durante bastante tiempo.
—¿Qué secretos guardas? —le murmuró la joven a la caja con una mirada inquisitiva.
El sistema de cierre, un par de fallebas de bronce enverdecido por el tiempo, cedió sorpresivamente ante el delicado toque de sus dedos. La mujer levantó con cuidado la tapa superior y en el interior halló un fino forro azul y un par de bultos envueltos con prolijidad en frazadas de lana. Nathpá extrajo el más pequeño y, con sumo cuidado, desdobló el paño que lo envolvía: era un pequeño libro empastado en cuero, anudado sobre su portada. Desató el sencillo amarre y leyó para sí el título de la portada y el nombre de quien supuso, sería el autor:
INCIPIT SCRIPTUM COMPENDIUM
Capitán Adrián Aviña
Instintivamente la joven dejó escapar un suspiro de asombro: el capitán Aviña era una leyenda en la isla, y ahora ella sostenía en sus manos uno de los pocos objetos que le habían pertenecido. Acomodó el cofre a manera de respaldo y se sentó con las piernas cruzadas sobre la arena. Bajo la luz que le llegaba desde lo alto de la bóveda, la entusiasta mujer abrió el pequeño diario y leyó la primera página:
Querido amigo:
"En el escrito que se encuentra junto al mío, se halla el conocimiento que contempla lo que cualquiera necesita para caminar hacia un mundo poblado de maravillas. Lo único que humildemente puedo añadirle es el relato de mi propia historia. Ten cuidado en tu misión, bienaventurado, pues un mar de indecibles terrores acecha la vereda que hemos atravesado para llegar hasta aquí. Muchos de estos peligros, como si se tratase de bestias hambrientas obsesionadas con devorar y destruir todo conocimiento, se hayan todavía allá afuera y, con certeza, acecharán tu camino tal como lo hicieron con el mío. Desde el primer día que abrí el Incipit Scriptum, mi libertad ha ido creciendo, y ahora sé que he sobrepasado un umbral que ni siquiera en mis sueños más increíbles había podido imaginar. Todos los días doy un paso más en el camino del despertar y ahora dejo a tu cuidado el mapa de la senda que voy recorriendo. La ruta está pronta para quien tenga la voluntad de seguirla. Sin embargo, también será confusa para el que insista en no querer verla. Todo lo que tu verdadero yo en realidad busca se encuentra en este camino del despertar. En verdad te digo que hay un gran abismo que separa la comprensión de un ser normal de la de un zahanti que ha logrado abandonar el mundo de los dormidos. A veces, durante la noche, veo mi cuerpo acostado y puedo oír su respiración. Él tiene los ojos cerrados, pero en cambio yo puedo mirar más lejos. Cuando él anda, yo descanso, y cuando él descansa en su lecho, yo puedo estar donde quiera y deambular entre los mundos. Si así lo decido, puedo ver a través de sus ojos, oír con sus oídos y palpar con sus sentidos; pero entonces todo es opaco y confuso a mi alrededor y vuelvo a ser como los demás hombres: un sonámbulo más en el reino de los sonámbulos.
Te dejo mi legado y también mi propósito. Ahora en tus manos y en tu corazón descansa una etapa más de esta maravillosa travesía. Algún día los seres humanos deambularán por la existencia proyectando sombras luminosas en lugar de manchas negras. ¡Ese día, mi querido amigo, tú y yo nos conoceremos!"
¡Buena suerte, bienaventurado!
Una indecible sensación de júbilo se apoderó de Nathpá al leer aquellas breves pero enriquecedoras palabras que la habían tocado hasta lo más profundo y sintió una rara sensación que recorrió todo su cuerpo. Le pareció que de pronto estaba bajo el influjo de un hechizo mágico y maravilloso, que le provocó una irremediable ansiedad por conocer más. La mujer, sin dudarlo y olvidándose de todo lo que le había sucedido, dio vuelta la página para continuar leyendo...