¡QUÉ VIDA BIEN VIVIDA!
CAPÍTULO 1
“Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.” Epícteto de Frigia
El premio menos buscado
— ¡Doce mil quinieeentos cincuenta y siete con tres milloooooooones de
peeesoooos!- Berreó el niño cantor por la radio, una vieja Spika portátil con estuche de cuero marrón.
Volví a mirar el billete de lotería que tenía doblado en el bolsillo de mi
camisa. La cifra me había parecido familiar.
— ¡Gané! ¡Papá! ¡Gané! ¡Es mi número! ¡No lo puedo creer! ¡Tres
millones de pesos! ¡Es un montón de plata! ¿Son cuántos dólares?
—Son casi sesenta mil dólares americanos. Dejáme ver el número
de lotería. Sí, creo que fue ése. ¡Increíble! ¡Cuánto me alegro por vos! Si realmente ganaste, mañana mismo te llevo a cobrarlo. Pero primero, comprá
el diario tempranito y confirmá que anduvo todo bien.
Corría el año 1979 y todo indicaba que había acertado un buen premio
en la lotería uruguaya, -según mis cuentas rápidas-, sesenta mil quinientos dólares americanos. Era la llamada “Revancha de Reyes”.
Esa noche no pude dormir. Al acostarme, mi cabeza daba vueltas
bombardeándome imágenes, diálogos entrecruzados y disonancias que se
mezclaban entre sí como si estuviera en un gigantesco cine que proyectaba
varias películas al mismo tiempo. Mucha gente desfiló por esa gran pantalla: mis amigos más entrañables, mi novia por aquellos días, mis padres, algunos compañeros de la facultad, mi profesora de inglés, mi perro, la voz del niño cantor de loterías e inclusive, la vecina del primer piso que tenía un cuerpo
espectacular y siempre aparecía en mis entresueños.
A las cuatro de la mañana salté de la cama. Mi cabeza todavía volaba
como un misil, mientras que en casa, todos dormían. Tomé una ducha flash.
Ni me peiné, ni me afeité y hasta creo que ni me mojé. Me puse algo de ropa y salí corriendo al kiosco “Calabrese”, ubicado en Avenida Italia y Propios.
Pedí El País. El kiosquero, viejo amigo de la familia, sorprendido al verme a
esa hora y en pantuflas, me indicó que abriera cualquiera de los fardos recién
tirados desde el camión. Corté las ataduras de uno y tomé el primer ejemplar de la pila. Pagué y volví corriendo a casa. Sigiloso, entré en mi cuarto y tranqué la puerta con llave. Quería disfrutar solo, ese momento de exultación
y espejismo materialista. Ojeé rápido la tapa y advertí que ésta tenía aún las dos marcas producidas por los precintos del envoltorio. Parecía una cicatriz
en el papel, en forma de cruz. Fue inevitable no leer el titular que, con letras enormes, informaba sobre la aparición de dos cuerpos flotando en las costas
del balneario Piriápolis. Una foto borrosa, en blanco y negro, los mostraba vagamente. Según el texto al pie de la foto, ambos cadáveres tenían atadas las
manos y los pies con cuerdas y cables. Parecía gente joven. Otro titular menor, indicaba que uno de ellos tenía en sus bolsillos monedas y billetes argentinos.
“Qué horror. Las desgracias más absolutas siempre envuelven a la muerte”, pensé.
Jamás llegaré a comprender qué esoterismo inescrutable hizo que, segundos antes de llevar a cabo uno de los momentos más placenteros
en mi adolescencia, dos cuerpos desconocidos y totalmente ajenos a mi
cotidianeidad, se cruzaran en mi vida estrujándome el corazón.
Uruguay, por aquellos años, había llegado a un estado de cosas en el que todos teníamos miedo de todos. Y en ese instante, sin percibirlo siquiera, una especie de amistad ciudadana me invadió el espíritu. Creo que fue durante esa misma mañana, en calzoncillos, con el diario en la mano y la boca abierta, tomé conciencia política. Había sido el premio menos buscado. “Esos milicos están locos. Nos van a matar a todos. Necesito irme de esta locura aunque sea por un tiempo”, murmuré bien bajo. Y abrí la página con los resultados de la
lotería. Mi número estaba bien. Era ganador. Pero ya no pude festejar.
El Aventurero
— ¿Por qué querés irte del Uruguay?, — me preguntó papá tres días
después.
—Porque no soporto más la chatura de Montevideo, la oscuridad de las calles, la dictadura, los milicos pidiéndome la cédula en cada esquina,
los cuerpos flotando en las playas y además, se fueron todos mis mejores amigos—, respondí. — De hecho, me voy con los últimos que me quedan. La
semana que viene parte el velero de un brasileño que conocí estos días, rumbo a Río de Janeiro -en realidad, el velero iba rumbo a Miami, EEUU-, y quiero estar en esa tripulación.
— Pero vos no sabés nada de navegación y mucho menos de veleros.
— Papá, nadie nace sabiendo. ¡Aprenderé a navegar… navegando!
Estaba resuelto a irme, no sólo para cambiar de país, sino de ideas. Papá
no dijo nada. Sin embargo, a partir de ahí, me apoyó con toda la planificación.
Por aquellos días, estrenaba mis veintitrés años. Cobré mi premio de lotería y lo depositamos en una cuenta de ahorros conjunta. Papá sería el encargado de
girarme el dinero que iría a precisar a lo largo de mi travesía.
Los preparativos comenzaron de inmediato. Eran incontables las cosas
para organizar, preparar, documentar y comprar. Algunos amigos más
cercanos, al enterarse de mi repentina locura, llamaron entusiasmados para confirmar la noticia. Unos, me suplicaban para sumarse a la tripulación. Otros, venían simplemente para alentarme o decirme que estaba chiflado por
dejar a mi familia, la facultad, mi novia y mi país. Martín, mi mejor amigo y compañero de facultad, me obsequió un voluminoso mapamundi de pared, -imposible de cargar en un velero- y un sextante de plástico -que resultó ser
absolutamente inoperante-. Antonio, me dio un pormenorizado mapa hecho a mano con la exacta localización de unos argentinos amigos que vivían con los indios Yanomamis, en las tribus impolutas del Amazonas. “¡Estás loco. Jamás entraría a una selva!”, le dije, sin imaginarme lo que me esperaba.
Mamá, mientras tanto, calculaba cuántos sándwiches de jamón y
queso serían necesarios para el largo viaje. Y mi hermana, María, empezó a enseñarme portugués, de apuro. Laura, mi novia por aquellos días, tomada de sorpresa por mi aventura inminente, sólo quiso saber si huía de ella porque no quería casarme o si había otra chica. En vano le expliqué que viajar en búsqueda de nuestra
estrella era una señal categórica de inteligencia y sensibilidad humanas. Le
advertí que nuestra amistad podría sobrevivir al tiempo y al espacio. Y le propuse intercambiar cartas a menudo. Pero estaba enceguecida. No aceptó mi gentil despedida y cerró el diálogo con una descortesía dirigida hacia mi adorada madre, quien a esas horas llevaba más de cien sándwiches prontos.
Resuelto el asunto del noviazgo marchito, fuimos con papá a conocer el velero. Era un espléndido día de sol con una suave brisa que soplaba desde
el sur. Y el puertito del Buceo resplandecía como nunca al aproximarnos
con el auto por la Rambla Armenia. La luz de la mañana, todavía no muy saturada de resplandor, se reflejaba sobre las aguas erizadas del Río de la Plata
y chisporroteaba en el lomo de cada una de las olitas que se formaban. Por primera vez, sentí que mi corazón latía al ritmo de la vida. Y ésta me sonreía. Nada me era insignificante.
Mi amigo Vinicius, el simpático brasileño dueño del “Aventurero”, nos recibió de brazos abiertos, con una gran sonrisa. Su hermosa embarcación
flotaba amarrada a borneo, próxima al muelle tres del Yacht Club Uruguayo,
este notable club náutico de la década del 40, cuyo edificio de ocho pisos se
erigía ostentando el más puro estilo art déco. Su forma, además, sugería el puente de un barco gigante.
—¡Oi Alberto, que bom que você veio. Só preciso terminar alguns
detalhes da parte elétrica e estaremos prontos para partir em algumas horas! -, gritó Vinicius en un portugués cerradísimo, desde la cubierta del barco.
Nuestro capitán, carioca nacido en Copacabana, Rio de Janeiro, se
esforzaba en declararse “cidadão do mundo”.