−Por fin en casa− Pensó mientras caminaba a prisa por el estrecho pasillo. Pero su respiración no reflejaba tranquilidad, por el contrario, el delirio de persecución le hacía pensar que debía entrar lo más rápido posible. Buscó las llaves, miró hacia atrás para cerciorarse que nadie lo seguía. Si tan solo el pantalón no fuera tan ajustado habría sido más fácil. Escuchó unos pasos detrás de sí; volteó a la defensiva. Solo es una vecina. −Buenas tardes− le profiere la anciana. Él únicamente sonríe nerviosamente. Las llaves caen al suelo y las levanta conteniendo el temblor de sus manos. Entró lo más rápido que pudo, volvió a cerrar aquella puerta de metal con llave. La jaló dos veces como si dudara que estuviese cerrada y caminó hacia adentro. Abrió la puerta interior, respiró profundo.
Dejó las llaves sobre la mesa. Sacó su cartera del bolsillo trasero. Verificó dos veces que sus identificaciones estuviesen allí. Se dirigió al baño e inmediatamente tuvo el impulso de volver atrás y cerrar las ventanas. Se acercó a la primera; está cerrada. Repitió la acción con la segunda, también está cerrada. Una vez más revisó aquella desgastada cartera de piel. Esta vez incluso revisó que estuvieran dentro algunas notas en papel que había guardado en los pliegues. Miró de reojo la tercera ventana, parece estar cerrada. Aún con la idea de ser perseguido se descalza rápidamente a los pies de su sillón y se desprende de aquel saco viejo, el del forro deslavado que no se notaba estando cerrado. El que le acompañaba en las entrevistas que le requerían formalidad.
Sacó del bolsillo de su pantalón el teléfono móvil, presionó el botón de encendido y miró la hora: 4:24 pm. Tan solo un segundo después, la notificación de batería insuficiente. El teléfono se apagó y él lo tiró sobre el sillón encima del saco, pero lo tomó de nuevo inmediatamente. No podía dejarlo ahí a merced de algún curioso. Con el móvil en la mano aflojó el nudo de la corbata. A prisa se quitó aquel reloj que solo usaba como parte del atuendo, pues hacía tiempo que ya no funcionaba. Aún agitado en su respiración entró al baño. Un lugar oscuro en el que solo se filtraba la poca luz que dejaba pasar una ventana diminuta cubierta con cinta.
El aroma de humedad y revelador fotográfico se mezclaron con el de su sudor. Colocó el teléfono bajo la luz púrpura que bañaba el enorme lavabo, adaptado para el revelado de las fotografías. Con la mano temblorosa, lo conectó a un cargador que estaba siempre en ese enchufe con una marca de quemado por corto circuito. Aún con pantalón y camisa, entró a la regadera, Abrió la llave y se colocó bajo el chorro de agua sin esperar a que ésta calentara un poco.
Dejó que el agua cayera sobre su rostro, no era posible saber si el temblor era causado por lo frío del agua o por la ansiedad que aún tenía consigo. Tapó sus ojos con sus manos y las subió hacia su cabello sudado y sucio, recorrió una y otra vez su rostro, sintiendo la aspereza de su barba de candado mal recortada y la tensión de su mandíbula. Su lengua repasaba sus dientes como queriendo limpiar la placa acumulada de varios días, el agua comenzaba a calentarse al tiempo que a través de sus mojadas prendas se delineaba su enjuta y correosa figura.
Se recargó en la pared y dejó que su cuerpo se deslizara para terminar sentado bajo el agua. El cúmulo de emociones le arrancaron algunas lágrimas que no terminaban de desbordar. Exhaló una bocanada de aire que debió haber sido un grito. Apretó la mandíbula y entre sollozos ahogados golpeó un par de veces el piso. Pasó del miedo a la ira. Sintió el dolor en los nudillos, pero la oscuridad no le dejó ver la sangre que se entremezclaba con el agua y corría hacia la coladera. Las imágenes en su cabeza le atormentaban más que el dolor de sus manos y la temperatura del agua.
Al sentir que el agua empezaba a quemarle, alargó la mano izquierda, que dolía menos y cerró la llave. Permaneció sentado hasta que el agua que empapaba su ropa comenzó a causarle un frío que le obligó a ponerse de pie, salió de la regadera de aquel baño.
El peso del agua empapando su camisa con el cuello desgastado se acumulaba en su espalda. El frío calaba cada más en su cuerpo mientras caminaba hacia su habitación, que estaba a escasos pasos; el agua escurría de sus ropas trazando un riachuelo que llegó hasta una recámara llena de polvo, libros, hojas de papel con notas inconclusas y fotografías colgadas con pinzas de ropa.
Se miró al espejo como de costumbre para encontrar su rostro, un rostro que pareciera que no le pertenecía, era como mirar un libro en el que estaban escritos cada uno de sus errores.
Miró la cicatriz en su pómulo izquierdo, la tentó con las yemas de los dedos, disfrutaba su suave textura que contrastaba con la aspereza de su piel; miraba sus propios ojos y repetía en su cabeza diálogos que esperaba haber dicho hace cuatro días. Sentía cómo su lengua se movía dentro de su boca como si articulara las palabras, pero sin emitir sonido alguno.
Solo quizá el resoplo de un sollozo ahogado que contenía toda la frustración de no poder regresar al pasado para proferir esas palabras que inoportunamente aparecían en su mente… inútiles ya después de haberlas necesitado. Quizá no deseaba haber dicho las palabras correctas, sino haber evitado el desenlace de aquella escena.
Ahí, frente al espejo practicaba una sonrisa, el agua todavía caía a gotas desde sus mojados atuendos. Miró sus manos, la izquierda apenas tenía un raspón. La derecha tenía una herida más seria. Tomó una camiseta que estaba tirada en el piso al lado de otras prendas sucias y con ella hizo el intento de vendar su mano.
Sonó el móvil, sitió que la sangre se le helaba de nuevo. Entró al baño a prisa y tomó el celular, apenas notó cómo la sangre en su mano tenía un color brillante bajo la luz ultravioleta. Pronto sintió calma, era ella. Respiró profundo y atendió la llamada.
− ¿Hola?
− ¡Por fin respondes, Canek! ¿Estás bien?
− ¡Claro! Yo… estoy bien… ¿Por qué la pregunta?
− ¡¿Por qué la pregunta?! ¡Porque no respondes las llamadas desde hace cuatro días!, ¡Estoy muriéndome de ansiedad por no saber si te ha pasado algo!
− Estoy bien, estoy en casa.
− Iré a verte entonces, llegaré en media hora
Canek cuelga el teléfono. Se dirige a su habitación que está justo frente al baño. Se quita despacio la camisa mojada. Es como si el peso de sus hombros poco a poco desapareciera mágicamente con tan solo escuchar la voz de Alondra... incluso su respiración cambia, ahora respira conscientemente, quiere calmarse un poco, después de este episodio.
Desnudo por completo, se dirige a su pequeña sala. Cierra la habitación y deja dentro la ropa mojada. Se dirige al baño y toma una toalla con la que seca ese riachuelo del piso y enciende un cigarro para apaciguar la espera. No puede contarle lo sucedido hace cuatro días, no puede contárselo a nadie, pero necesita ser consolado. Se sentó sobre aquel sillón forrado de vinilo, su piel se pegaba un poco, por eso evitaba moverse demasiado.
Aún el corazón late agitado, aún su lengua se mueve dentro de su boca como si buscara el diálogo perfecto para justificar aquella escena que jamás se borraría de su mente.
− ¡No soy un asesino, soy un justiciero! −esa frase no le convence − Hoy habrá en el mundo un asesino más, pero un violador menos− suena más dramático, −No me arrepiento, cargaré con tu muerte− no lo siente legítimo −Dichoso tú, que sabes el día en que vas a morir− parece sacada de una película.
No importa ya la frase, hace cuatro días que un joven está muerto. Yace quizá en descomposición en aquella callejuela intransitada − ¿Y si no murió?, ¿Y si alguna cámara me habrá visto?, ¡Voy a decir que lo merecía! − Le repite su voz interna. Mira cada detalle de su tatuaje, que es una serpiente delgada que da la vuelta a su brazo, hace referencia a su nombre, Canek, la serpiente negra.
El sol pega directamente en su cara, pero las cortinas no son de mucha ayuda, son delgadas