—John, el nivel de oxígeno está en seis por ciento.
Repito: seis por ciento.
Tenemos que iniciar el ascenso ahora.
La voz llegó con un leve retraso, comprimida por la profundidad y por algo más que los instrumentos no sabían nombrar.
John no respondió de inmediato.
A ochocientos cincuenta metros bajo la superficie, la luz ya no se comportaba como luz. No iluminaba: apenas delimitaba. El casco del THALAMOS aparecía y desaparecía según el ángulo, como si el naufragio decidiera cuándo dejarse ver.
—Un momento —dijo finalmente—. La lectura no coincide.
Mark apretó los dientes en la superficie.
—No tenemos margen para lecturas que no coinciden —respondió—. El perfil ya está fuera de lo previsto.
Susan miró el monitor sin intervenir. Los números seguían corriendo con una indiferencia mecánica.
Abajo, John ajustó la flotabilidad con un movimiento mínimo. El traje respondió bien. Demasiado bien. Eso era lo que no le gustaba.
El compartimento de carga estaba abierto.
No forzado.
No dañado.
Abierto.
—Eso no estaba en los planos —dijo Sam, con la respiración ya acelerada.
—Los planos no bajan —respondió John—. Nosotros sí.
Mark cerró los ojos un segundo.
—John, escúchame. Sea lo que sea, no vale el riesgo. Subimos ahora y volvemos con más tiempo.
John avanzó unos centímetros más. Lo justo para ver el interior.
Ahí estaba.
No donde debía estar.
No como debía estar.
La pieza no se había desplazado por el colapso del casco. Estaba acomodada. Protegida. Como si alguien hubiera sabido exactamente cómo dejarla ahí.
—Un minuto —dijo John—. Solo uno.
—No —respondió Mark—. No esta vez.Silencio.
El oxígeno bajó a cinco punto dos.
Susan miró a Mark y él no la miró.
—John —dijo, más despacio—. Te estoy diciendo que abortemos.
John sostuvo la pieza entre las manos.El peso era extraño. No por exceso, sino por distribución. El centro no coincidía con la forma. Como si algo dentro se negara a quedar quieto.
—Si subimos ahora —dijo—, alguien más va a bajar después.Y no va a preguntar.
Mark entendió, y eso fue lo que lo enfureció.
—Ese no es tu problema.
—Siempre lo es.
El silencio se volvió incómodo. No técnico. Humano.
—Estoy anotando esto —dijo Mark—. Esta decisión.
—Hazlo —respondió John—. Yo también.
Tomó la red, aseguró la pieza contra el pecho y comenzó el desplazamiento de salida. No con urgencia. Con precisión.
El primer tramo fue limpio.
El segundo no.
Una corriente lateral —no registrada— los desalineó lo suficiente como para obligar a Sam a corregir con más fuerza de la necesaria. El cuerpo de John absorbió el ajuste sin protestar, pero algo en el pecho se contrajo de forma distinta.
No dolor.
Advertencia.
—John, estamos fuera de perfil —dijo Susan—. Mucho.
—Lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que hay.
Iniciaron el ascenso.
El oxígeno marcaba cuatro por ciento cuando cruzaron el último punto de referencia. El cuerpo de John respondió tarde, como si hubiera decidido ahorrar la reacción para después.
La superficie apareció de golpe, blanca, desproporcionada.
Las manos los sacaron del agua con la eficiencia nerviosa de quien ya había imaginado el peor escenario.
John se quitó el casco y aspiró aire como si fuera nuevo. Tosió una vez. Seca. Contenida.
Nadie dijo nada.
Mark fue el primero en acercarse.
—Dime que valió la pena.
John desenrolló la red y dejó la pieza sobre la cubierta.
—Eso no lo decides tú —respondió.
Mark lo miró. No había alivio en su rostro. Había otra cosa. Algo más incómodo.
—Esto no fue una recuperación limpia —dijo—. Y lo sabes.
John se sentó. El mundo tardó un segundo más de lo habitual en acomodarse.
—Nunca lo son —respondió.
Mark no insistió. Pero algo cambió ahí.
No fue una pelea.
No fue una ruptura.
Fue un registro nuevo.
Más tarde, cuando el barco se estabilizó y los instrumentos dejaron de reclamar atención, Mark se quedó solo en el cuarto de control, revisando el perfil de descenso.
Había una línea que no cuadraba.
No porque estuviera mal trazada.
Sino porque no debería existir.
Marcó el punto.
No dijo nada.
A veces, pensó, el verdadero error no es bajar demasiado.
Es empezar a anotar demasiado tarde.